martes, 29 de marzo de 2016

Cuando lo nuevo es demasiado viejo.

Es evidente que, Pablo Iglesias y Albert Rivera, desde el punto de vista ideológico están situados en las antípodas, pero curiosamente, en como controlan sus partidos, se parecen mucho.

Llegaron con el mensaje de que querían regenerar la política española y presumían de democracia interna, pero han caído en la más absoluta dirección personalista, un estilo que ha cercenado cualquier posibilidad de que sus partidos sean estructuras, abiertas y democráticas, supuestamente asamblearia en el partido morado y supuestamente participativa en el partido naranja. Cuando no consiguen que los que les molestan se retiren de las primarias, tienen un recurso final, el socorrido voto telemático manipulado, eso tan guay pero tan letal en manos de estos nuevos dictadores.

Los dos líderes están obsesionados con que todos sus portavoces tengan un discurso único, y que el que no lo sea ni se le ocurra por asomo dar su opinión. Si pudieran, impondrían también el famoso pensamiento único, menos mal que no pueden entrar en la mente de los suyos. Su talante podemos comprobarlo en que los que venían a cambiar al sistema ni siquiera se plantean dar libertad de voto en los temas llamados de “conciencia”, su concepción de la política es la de la secta, esa en la que nadie puede discrepar públicamente.

Los que alguna vez hemos pertenecido a un partido político, sabemos de sobra, que no se puede coincidir más de un 75% con el partido al que perteneces, pues todos somos afortunadamente distintos. Eso de la uniformidad ideológica es más antiguo que “los balcones de palo”.

Hoy en día, los partidos políticos, incluidos los nuevos, son estructuras dictatoriales con adornos democráticos. Eso sí, en los viejos partidos es mucho más descarado.


Y esto ocurrirá mientras que el líder político de turno imponga las listas y los agraciados le deban su sustento, cosa que no pasaría si se impusieran las listas abiertas, puesto que entonces, el cargo se lo deberían a los propios ciudadanos, algo que posiblemente nunca ocurrirá, puesto que los partidos no quieren perder ese poder que por otra parte les garantiza a sus líderes estar rodeados de una panda de lameculos.


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