jueves, 1 de septiembre de 2016

Ayer se impusieron, el odio y el rencor.



El discurso de Pedro Sánchez de ayer, fue una dura enmienda a la totalidad llena de descalificaciones al candidato Mariano Rajoy. Le acusó de amparar la corrupción, de instrumentalizar las instituciones, de recortar los servicios sociales y de precarizar el mercado laboral, calificando su gestión como de auténtico desastre.

Lo cierto es, que 180 diputados votaron en contra de Rajoy, quien perdió la primera votación de investidura y augura que también perderá la segunda.

Casi nadie duda, a estas alturas, de la animadversión que siente Pedro Sánchez hacia Mariano Rajoy. Cuando el odio y el rencor existen entre los dos líderes de los dos partidos más votados, se constituyen en un infranqueable muro para el necesario consenso.

Pese a la obcecada postura del líder del PSOE, este sigue repitiendo que no habrá nuevas elecciones, y para ello sería necesario que él mismo presidiera un gobierno de Frente Popular con comunistas, populistas, independentistas y proetarras. Pero curiosamente, Sánchez tiene prohibida por su Comité Federal esa opción.

Si como Pedro Sánchez dice “No es no y siempre lo será”, la única manera de evitar unas terceras elecciones, sería que los barones socialistas dieran un golpe de mano, hipótesis que considero poco creíble.

Pedro Sánchez es libre de opinar lo que quiera de Mariano Rajoy y su gestión, pero comete un gran error y una gran injusticia, la de ignorar el resultado salido de las urnas. Rajoy ha ganado las elecciones por segunda vez consecutiva, el PP ha sido el único partido que ha mejorado sus resultados, ha firmado un acuerdo con Ciudadanos, ha ofrecido pactos de Estado y tiene el apoyo de 170 diputados. No resulta lógico ni razonable obligarnos a todos a ir a otras elecciones sin ofrecer ninguna salida al bloqueo que él propicia.


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